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distinguen de modo típico y especialísimo los patrones de cabotaje, que en cuando se encargan del mando de un barco de 30 toneladas, se juzgan seres superiores y muy por encima de los demás mortales, y creyéndose obligados á mantener sus casas y familias con un boato que está muy lejos de corresponderles, y que repercute con harta frecuencia, en las deudas que contraen con los marineros de los buques que mandan, que suelen pagar con sus haberes el boato de sus patrones. Una prueba de la soberbia de estas personas es la siguiente: Hace algunos años trataba la junta directiva del Casino que entonces existía en la Muralla de hacer una obra en el edificio, y como alguien indicase la conveniencia de contar con los dueños de la finca (señores Gómez), un socio, patrón por cierto, dijo con gran prosopopeya: «—¿Es que á esos señores hay que escribirles con papel sellado?». Lo que motivó, por cierto, que enterados los dueños y justamente molestados, desahuciaran al Casino, que terminó así, después de muchos años de existencia, naciendo entonces en la playa los actuales casino y Peña. ¡Cuán exactísimamente se demuestra en el Puerto la exactitud del conocido aforismo: «No sirvas á quien sirvió, ni pidas al que pidió»! Y como la envidia es el reverso de la soberbia, se perciben muy bien en el Puerto sus cobardes y vergonzosos efectos de manera extraordinariamente cruel en muchas ocasiones, no retrocediendo ante las más graves calumnias (de todo lo cual me ocuparé extensamente después): siendo el anónimo una de las armas de que se suelen valer los envidiosos.

Pero esta soberbia, que es clásica del Puerto, no empece (sic) que se llegue al servilismo más bajuno cuando se trata de adular á alguien de quien se espera algún favor; no hay bajeza ni complacencia por vergonzosa que sea (y siempre hablando en general) ante la que retrocedan para corregir sus fines; y ya he indicado algo en el curso de este trabajo sobre el particular. Y esta labor indigna suele ser coronada con la más negra ingratitud; una vez obtenido el favor solicitado, y tan bajamente conseguido en muchas ocasiones, se suelen olvidar del beneficio; y si han conseguido de una persona veinte favores, por ejemplo, pero no se obtiene el vigésimo primer favor pedido, no se hacen cargo de que, lógicamente, se hubiera tenido voluntad de concederlo los veinte anteriores, sino que resulta esto como una raya en el agua, es decir, sin dejar huella, borrados y no agradecidos; á veces, ni siquiera se saluda al bienhechor, otras se ocultan y disimulan los beneficios para excusarse de manifiesto agradecimiento ante la gente (que no por eso suele (...) el beneficio); y aun se le calumnia y lo mismo sucede cuando se cree que...

Fotografía 241: Jardines del hotel del director de la Compañía Metalúrgica. 1917. Firmado a mano por F. Díaz. Tamaño: 5,9 x 10,7 cm.
Fotografía 242: Monte del Hotel y casa de Monche. 1922.Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,3 x 10x7 cm.
Fotografía 243: Hotel de la Compañía Metalúrgica. 1917. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,6 cm.

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nada se puede esperar de la persona antes tan adulada, y aun con el mayor servilismo. Persona ha habido en el Puerto que al visitarla yo por primera vez el año 1919, quiso arrodillarse en mi presencia; la segunda vez que el mismo año la visitó, como estuviese cenando é interrumpiese la cena al llegar yo, al animarla para que continuase, me contestó así: «—Don Agustín, ¿qué mejor cena que verle á V. en mi casa?». Hoy esa misma persona á quien colmé (en mi hijo) de motivos de agradecimiento parece ser que me denigra en cuanto puede traidoramente y miente con el mayor descaro para ocultar los obsequios y favores que he hecho a su hijo, á quien tanto trata de alejar de mí, sin ver lo muchísimo que con eso perjudica el porvenir del chico, abusando además del gran cariño que aun profeso á este. ¡El Señor la perdone, como yo la perdono, tanta ingratitud y el daño que hace á mis sentimientos! ¡Funesta ingratitud que sea el manantial de nuevos beneficios, y culpables ingratos, así como el perro del hortelano que ni comía ni dejaba comer, hacen gran daño a mis sentimientos, que ante el temor de nuevas ingratitudes, no obteniendo beneficio que que de otro modo pudieran tal vez obtener por temor a tales precedentes! Todo esto supone un grosero positivismo y una notable falta de mundología; verdad en que en el Puerto se nota de un modo especial en todo lo que á verdadero conocimiento del mundo se refiere un desconocimiento del mundo casi absoluto que explica muchas cosas incomprensibles, tales como los crueles desengaños que me ha proporcionado cierta persona a quien quiero mucho, en buena parte debidos á consejos paternales, de que me he ocupado en otro lugar y no hay porqué tratar de ellos en este libro. Esta falta de mundología hace que los habitantes de esta población cometan no pocas pifias en el orden social que estropea su naturalmente agradable trato. Desagradables pruebas de eso mismo son los dos hechos siguientes: Cuando el año 1915, recién ordenado de presbítero, y siendo la primera temporada que pasaba en el Puerto sin mi madre del alma (q.e.p.d.) por haber fallecido el 7 de Enero del mismo año, necesitaba como nunca compañía que me distrajera y me acompañase en mi triste soledad, la persona más llamada á la sazón, siquiera tiene tan solo por cristiana caridad, á distraerme y acompañarme, se sintió más susceptible que nunca, y por un injustificado motivo se enfadó conmigo y se (...) muy bien de cumplir conmigo esas funciones, que entonces resultaban caritativas, á pesar de que es bien sabido en el Puerto que sé corresponder con creces. Cuando los años 1921 y 1922 los disgustos con una ingrata, aunque muy querida persona, me obligaron á romper con ella (si bien esos rompimientos temporales y breves) varios señores del Puerto (...)

Fotografía 244: Vista general desde el hotel. Firmado a mano por F. Díaz. Tamaño: 6,3 x 10,8 cm.
Fotografía 245: Jardines del hotel del director de la Compa. Metalúrgica. 1918. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 5,9 x 10,5 cm.
Fotografía 246: El Rigüete. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,3 x 10,6 cm.

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