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Además les miman con exceso, les complacen en todo lo que pueden, haciéndoles ineptos para la lucha de la vida, les visten primorosamente, aun con una indumentaria que no corresponde a su clase, sin ver el ridículo efecto que produce, por ejemplo, ver a una chica, hija de un trabajador, vestida con traje de seda, y acompañada por sus padres, que calzan alpargatas, sin medias ni calcetines y con trajes remendados muchas veces, perdiendo por completo así la fuerza moral. Solo son rígidos y severísimos en el uso del tabaco, y consideran la mayor falta de respeto que sus hijos ante ellos hasta edades ya de muy entrada virilidad; lo cual es otro convencionalismo que suele extenderse aun a sobrinos y nietos. Conozco a un sacerdote, natural de este Puerto, que tiene además 46 años, y aun no fuma delante de su padre, esta falta de energía e ignorancia de los más elementales deberes paternales se traducen, unido a la indiferencia religiosa, en una completa pérdida del respeto que todo hijo debe a los autores de su vida, que acaba por avergonzar a estos. Un caso auténtico lo ha de demostrar: Ya era grandecito un muchacho del Puerto, y como, estando en una tienda de Cartagena con su madre, esta se negase a comprarle un juguete, el chico la insultó con la frase que pronuncian apenas empiezan a balbucear: «—¡Hija de puta!» y como la madre, sofocada ante la dependencia del comercio aquel, contestare, disimulando, a su hijo: «—Ya se lo diré a tu madre cuando vayamos a casa», el chico la replicó indolentemente: «—¡Pero si eres tú mi madre!». También se dan casos de hijos que maltratan y pegan a sus padres. Tristísimas consecuencias que tocan estos, cuando ya es tarde y no hay remedio, de la pésima educación que han dado a sus hijos. Verdaderamente que los padres estos no saben ser padres.

Otra prueba ordinaria y corriente de (...)

Otra prueba ordinaria y corriente de esto, y que a la vez manifiesta una absoluta carencia del más elemental sentido moral. Como reminiscencia moruna, común en estas provincias, es cosa corriente que los novios saquen a sus novias de las casas paternas, y después de deshonrarlas (si ya no lo están) se casen con ellos. Esta costumbre es práctica corriente en este Puerto, y aquí la llevan a cabo hasta chicos de 16 años, más veces por petulancia, otras por excitación libidinosa de la novia, muchísimas por la intervención y espíritu propenetil (sic) de viejas corrompidas, no pocas por el inventivo del mal ejemplo y rarísima vez con la atenuante del amor. Pero lo extrañamente peculiar de esta población, lo inmoral, lo repugnante es que los novios conducen a las novia a las mismas casas de ellos, y los padres del chico, en vez de devolver a la muchacha a su casa paterna, (...) no se arregla todo lo necesario para el casamiento, al contrario, admiten a la pareja, que allí mismo, en la casa y familia natal del novio, viven en público amancebamiento, a la vista y en convivencia con los padres de él, que hasta les preparan lecho para su concubinaria pernoctación, acreditando así su falta de sentido moral y acabando (...)

Fotografía 195: Punta de la Cebada y Junta de las Mares. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,1 x 10,1 cm.
Fotografía 196: Inmediaciones de la punta Cebada. 1918. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 3,4 x 10,8 cm.
Fotografía 197: Punta de la Reya. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 8,2 cm.

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Retrato de niña junto a una mesa y una escultura. Datos del fotógrafo y trasera ilegible por deteroro del objeto.

Olivares Becerra, Jose Vicente

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Mobiliario de la exposición de la tienda de muebles Ureña, salón comedor

Foto García

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además por hacerse acreedores al mayor desprestigio ante sus hijos menores, que con semejante ejemplo es lo probable que sigan tales precedentes. Es también muy frecuente que los padres, y sobre todo las madres, unas verdaderas alcahuetas de sus hijos, tapándoles, y aun a veces facilitándoles lo que nunca debieron. Raro es el chico a quien sus padres no entregan un llavín de su casa, para que con la mayor independencia se retiren a dormir a la hora que tengan conveniente, sin que, aun tratándose de chicos recién entrados en la pubertad, se preocupen tales padres, ni aun de inquirir siquiera la vida nocturna de sus hijos. Muchas son las madres que excitan a sus hijas para que estas a su vez se exciten, y con todo linage (sic) de excitaciones, a sus novios para que las saquen y se las lleven de sus casas y vivan amancebados mientras no se casan. Este pasado verano se dio el caso de que un novio, hombre corrido por haber vivido en Madrid, prohibió a su novia que asistiese al cine (por conocer él seguramente los misterios nada santos que en tales espectáculos tienen lugar, amparados por la impunidad de la oscuridad, que todos sabemos pero que los desventurados padres de aquí quieren afectadamente ignorar cuando se trata de sus hijos); pues bien, el tal padre se dio por ofendido, contestó que su hija iría al cine siempre que ella quisiese, y terminó así aquel noviage (sic), estando con ello muy de enhorabuena el novio. Y es que, como ya he dicho, en este Puerto nadie puede coadyuvar a la educación de la niñez y juventud, pues se tropieza enseguida con la fuertísima oposición y contradicción de estos singulares padres, que desautorizan del modo más escandaloso y triste al que osa inmiscuirse y enmendar la deplorable educación que ellos dan.

¿Es de extrañar que chicos sin freno, educados de tal manera, hagan imposible la vida de árboles en plazas y paseos, y sean feroces maltratadores de animales domésticos e inofensivos? Dos cariñosos y mansísimos gatos míos. Mirrimiz? y su madre Moña, han sido muertos a pedradas por desalmados chiquillos (estando yo ausente del Puerto,, por supuesto, que de haber estado allí no hubieren quedado impunes los feroces muchachos); y la inofensiva perrita de mi administrador Don Juan Antonio Serrano ha perdido un ojo en uno de estos desnaturalizados juegos; en fin, la caza de perros y gatos es un brutal y salvage sport (sic), que por otra parte nadie se ocupa de reprimir ni de castigar, aunque es manifestación evidente de gran incultura de un pueblo. Pero en claro, sin el freno religioso (ya se comprende que serán poquísimos los niños que asistan a la catequesis) y sin (...)

Fotografía 198: Playa de Nares. 1919. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño:6,2? x 10,8 cm.
Fotografía 199: La Junta de las Mares o punta Chapada. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,6 cm.
Fotografía 200: La Pava. 1919. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,3 x 10,8 cm.

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