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(...) sacramental, gloria de la Iglesia y del sacerdocio católico. Dan, si su nombre para las listas de asociaciones piadosas (que hay cuatro: Apostolado de la oración, Hijas de María, Nuestra Señora del Carmen y la Soledad), pero por pura fórmula, viéndose la Iglesia vacía (aunque es pequeña, resulta por desgracia sobrado grande para estos feligreses), fuera el uso en su madera. Inútilmente se han afanado los años anteriores párrocos tan celosos como los señores García Roldán, Marín y Zamora y se afana el celosísimo actual St. Guerrero; solo una intervención sobrenatural es capaz de derretir el hielo de esta funesta indiferencia y deshacer las nubes de tan inexplicables prevenciones, pues hasta resulta nada temerariamente dudosa la eficacia de las misiones, tan fructíferas en otros sitios.

La irreverencia es notable en la iglesia; hay quien ni siquiera se arrodilla al alzase las Sagradas Especies ni al dar la comunión. Los pocos hombres que asisten a Misa solo en el momento culminante, o hacen una grotesca genuflexión con una sola rodilla, o se limitan a una no menos antiestética inclinación. Burlando la vigilancia del párroco, no es raro que se fume en la nave lateral; se habla (y de todo), se ríe, hasta se ha bailado, y hasta dos mujeres han convertido en plazuela el lugar sagrado peleándose allí. ¿Quién puede saber hasta qué extremo habrá llegado la profanación? Iguales irreverencias se observan en las procesiones, y como he dicho repetidas veces, solo se ve piedad verdadera en el numeroso acompañamiento del Santo Viático. El respeto al clero, como personas sagradas, es nulo; se respeta a la persona, no al ministro del Señor, nadie designa al párroco, como en todas partes se le llama, con la denominación de «señor cura», sino que se le llama simplemente «Don Fulano». Es frecuente que los niños pequeños se asusten y lloren al acercáseles un sacerdote, pues las madres convierten en «bú» y en «coco» a quien precisamente representa a Aquel que tiene sus delicias en estar con las almas puras, y que dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Muchas veces se ha alzado injustificadamente (...)

Fotografía 176: Playa del Canal. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,6 cm.
Fotografía 177: Camino de la Reya. 1922. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 4,9 x 9,4 cm.
Fotografía 178: Playa del Canal y peñasco del Chinchorro. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,2 x 10,7 cm.
Fotografía 179: Playa del Canal. 1922. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,9 cm.

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Retrato de estudio de dos hombres jóvenes. Insc. rev.: "Retratado 20 de junio 1893. J. Muñoz"

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Mobiliario de la exposición de la tienda de muebles Ureña, cómoda. Rev.: Sello Foto García

Foto García

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Retrato de estudio de hombre joven. Posiblemente el mismo "J. Muñoz" que aparece en FT-AF-MAP-0056, 0057 y 0058, pero en una edad más temprana ¿h. 1890?.

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(...) este vecindario contra sus curas; y no hace muchos años que Don Domingo Marín, celosísimo párroco a la sazón, fue insultado y abofeteado en pleno púlpito y ante el Señor manifiesto, por imponer silencio en uso de su indiscutible autoridad parroquial; a quienes hablaban escandalosamente en el templo sin que ¡cosa extraña! ni aun las más devotos asistentes estuviesen dispuestos a defender ante los Tribunales ni en el expediente que al efecto se formó a su pastor atropellado, disculpándose alguna de las tales con importunos y fingidos éxtasis.

En cambio, como suele suceder cuando no se practica la religión, son numerosísimas supersticiones. En caso de enfermedad es frecuente acudir a curanderos y saludadoras, que recurren a ensalmos. Se valen del movimiento de un cedazo que gire sobre unas tijeras para descubrir a un ladrón. Se admiten (y no sé si alguien los practica) como medios para granjearse el cariño de alguien; o para satisfacer vengativos odios, los hechizos; y no es difícil hallar quien admita con una credulidad las apariciones de seres ultraterrenales. Antes la masonería contaba en este Puerto con bastantes adeptos, sobre todo marinos, y con fines de lucro; ahora afortunadamente parece que no hay masones entre estos vecinos; por lo menos no hay logia masónica en el Puerto, como la había hace ya bastantes años.

Los entierros siempre revisten carácter religioso, y con muchísimo acompañamiento, sobre todo por las tardes a la hora de terminar todos los trabajos. Pero en las casas mortuorias se despide a los difuntos de una manera muy poco cristiana, pues se les hace un duelo completamente pagano, con plañideras y lloronas, que son las parientas, amigas y vecinas, armando un monumental y ridículo escándalo con sus chillonas lamentaciones y elogios al difunto, no siendo raro oír hasta referencias a los detalles más íntimos de la vida matrimonial. Y que todo esto es cosa (...) y puramente convencional, lo prueban estos botones de muestra: Un marido, después de desgañitarse llorando a su esposa, preguntó a los visitantes con el tono más natural del mundo: «¿Ya he llorado ya bien?». Una viuda, sin duda, como protesta contra las dudas de un cariño conyugal, decía: (...)

Fotografía 180: Inmediaciones de la Reya. 1922. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,1 x 10,6 cm.
Fotografía 181: Camino de la Reya. 1922. Firmado a mano por F. Jorquera. Tamaño: 5 x 8,4 cm.
Fotografía 182: Peñascos de la Reya. Firmado a mano por F. Díaz. Tamaño: 6,2 x 10,7 cm.
Fotografía 183: Fábrica del esparto. 1922. Firmado a mano por F. Díaz. Tamaño: 6,2 x 10,8 cm.

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