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(...) o menos de las demás poblaciones; los del Puerto ofrecen un modo de ser sumamente complejo, complicado y diferente de otros pueblos. ¡Y ojalá yo, que tanto quiero a este Puerto, no tuviera que pasar por el dolor que sentiría un hijo al hallar de los defectos de su madre, un cariñoso amigo obligado a descubrir las faltas de aquel o quien el cariño convierte en alter ego, más bien que en un hermano! Y que es muy grande mi amor a esta queridísima población, bien lo acredito con el afán que la tengo, en las cada vez más largas temporadas que en ella pero tan voluntariamente y mi forzosa necesidad, y en el placer con que en Madrid veo y recibo a cualquier habitante del Puerto. Insisto mucho en esto, a pesar de que por ser tan notorio parece redundante e innecesario pleonasmo, por lo mismo que al hacer este trabajo, por muy voluntario que sea, he de ser fríamente imparcial y emitir juicios juntos, desapasionados y claros hasta el realismo, hallando, sí, de sus buenas cualidades, pero también de sus defectos que son ¡ay! muchos, muchísimos, y que forman un medio ambiente infeccioso, que suele contagiar a los extraños al Puerto, pero que le habitan permanentemente algún tiempo. ¡Ojalá, amadísimo Puerto, pudieras conocerte bien, invitado como a otra Jerusalén, y poner remedio a tus males, de que tú eres solo causa, y que en último caso única y privativamente a tus hijos perjudica!

Comenzando este estudio principal y fundamental de toda sociedad, o sea por el aspecto religioso, debo decir que los naturales del Puerto son en general bastante indiferentes, y son en muy escaso número los que practican los preceptos amorosos de nuestra sacrosanta religión (por supuesto, la comunión cotidiana solo la reciben cinco o seis mujeres); rarísimo es el hombre que comulga para cumplir el precepto, y muy pocos los que van a Misa los días festivos (verdad es que lo mismo sucede en el sexo femenino, nada devoto en este Puerto), más bien por respeto humano y mala educación religiosa que por verdadera impiedad. La inmensa mayoría de los moribundos expiran sin ser confortados con los Santos Sacramentos, o cuanto más, solo reciben la Extrema-Unción cuando tiene el conocimiento perdido, pues es cosa corriente el diabólico temor de que se asusten los enfermos al ver aproximarse a su lecho al sacerdote, al que muchas veces las esposas, madres, hijas y hermanas no han permitido siquiera la entrada en la alcoba, que pronto se convierte en capilla ardiente. No es esto desgraciadamente cosa exclusiva del Puerto, sino también frecuente en otras partes. Las dos especialidades en materia religiosa que ofrece esta población son las siguientes:

Ya he dicho que estos (...)

Fotografía 170: Playa de la Isla desde el Cabezo de la Cueva del Agua. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 5,3 x 10,7 cm.
Fotografía 171: Playa de la Isla de desde el Cabezo de la Cueva del Agua. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,5 cm.
Fotografía 172: Monte de la Cueva del Agua. 1922. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6,2 x 10,8 cm.

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Retrato de hombre joven. Insc. rev.: "Retratado 10 de junio 1893. J. Muñoz"

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Mobiliario de la exposición de la tienda de muebles Ureña. En reverso: "ARMARIO ESTILO ITALIANO. Medidas 140 x 52 x 185 alto. En castaño, regruesos de haya, 3 cajones interiores,pintados con pintura plástica lavable mate, 2100 ptas.

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(...) vecinos apenas frecuentan la iglesia, y casi no la pisan, como no sea para bodas y bautizos (y con bastante irreverencia), o atraídos por la curiosidad tan solo cuando hay funciones aparatosas. Pues bien, no bastante eso, que parece lógico que se tradujese en completa indiferencia, son tan numerosos los encargos de Misas (y no solo por difuntos y rezadas, sino votivos y cantadas) que el cura párroco no puede por sí solo hacer frente a tanto encargo, y lo mismo me sucede a mí desde que soy sacerdote. Lo mismo sucede con los entierros, que, como se trate de pobres de solemnidad, siempre, aun siendo de párvulos, se celebran con cruz alzada y asistencia del clero, según la posición metálica de cada familia. Así se explica que, contra lo que pudiera esperarse, sea esta parroquia origen de buenos ingresos económicos para el cura. Y ya he dicho antes que en la administración del Santo Viático asiste muchísima gente, hombres y mujeres, casi todos de clase humilde, doy fe de que en este solemne acto (y solo en este) se nota piadosa y sincera devoción que hace notable contraste con la usual irreverencia con la que se suele asistir al templo y a varias procesiones. La otra particularidad consiste en que, así como en todas partes la mujer suele ser más piadosa que el hombre, aquí ocurre todo lo contrario. Fuera de un corto número de mujeres del Puerto no son nada piadosas, aunque observan algunas prácticas, más bien supersticiosas como sucede con las invocaciones que, lo mismo ellas que ellos, suelen hacer a la Purísima Concepción, sin saber siquiera lo que significa este concepto. Es más, las mujeres contribuyen de especial modo a que los hombres se alejen de las prácticas religiosas, pues no solo no se ocupan de que sus hijos asistan a Misa y confiesen, sino que se burlan y mofan de los hombres cuando ven en ellos algún signo de incipiente piedad, que ya tratan ellas diabólicamente de borrar. Sienten tal horror y tal desprecio a la denominación de beatas, para ellas sinónimo de piadosas, que lo consideran como sangriento ultraje, y yo mismo oí, no hace muchos años, a una mujer que, en disputa con otra, fue molejada (sic) por esta de beata, contestar así indignada:«—Mira, llámame puta, pero no me llames beata». Sienten un satánico, aunque inconsciente odio a la confesión, y se lo inculcan así las madres a sus hijas, creyendo que es una vergonzosa humillación contar sus flaqueza a quien solo consideran como un hombre cualquiera y no creen en la constante inviolación (sic) del sigilo (...)

Fotografía 173: La Cueva del Agua. 1922. Firmado a mano por F. Paredes. Tachada con la misma pluma la firma de F. Soroa. Tamaño: 6,4 x 10,8 cm.
Fotografía 174: Encañizadas del Canal de las Salinas. 1921. Firmado a mano por F. Soroa. Tamaño: 6 x 10,6 cm.
Fotografía 175: La Cueva del Agua. 1917. Firmado a mano por F. Díaz. Tamaño: 6,3 x 10,7 cm.

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Mobiliario de la exposición de la tienda de muebles Ureña, armario

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