Juan Felices Duque ostentaba un regimiento en Lorca cuando contaba con poco más de 20 años, coincidiendo en la junta concejil con su cuñado, Juan Navarro de Álava. La
adquisición de un título de tesorero de las rentas reales para su hijo, de 4 años de edad, “obliga” al regidor a jurar el cargo en su nombre y ejercer, claro está el oficio.
Esta decisión supuso la caída en desgracia de Felices, si bien quizá no fue consciente de ello hasta que fue demasiado tarde. Nos referimos al proceso
en el que se vio inmerso, tanto el como buena parte de su familia y clientela, al ser acusado y denunciado por toda una parte de la oligarquía lorquina de haber cometido
fraude a la tesorería real, lo que podría llevar a Felices Duque, a pesar de su condición de hidalgo, a la cárcel, pues si bien los pertenecientes a este estado no podían ser
encarcelados por deudas, la situación cambiaba si la obligación correspondía a las rentas reales.
Durante el proceso, que finalmente llevó a cabo un juez comisionado por su majestad a partir de 1574, el tesorero de las rentas reales tuvo que ir deshaciéndose alegremente de
gran parte de su patrimonio, adquirido y acrecentado en los años anteriores, para conseguir liquidez que le permitiera hacer frente a los graves alcances probados.
Especialmente significativa nos parece la sentencia aplicada a Juan Felices Duque y consortes, tras haber quedado probados los distintos delitos imputados, recogida por
Guerrero Arjona de la forma que sigue: “los alcaldes de corte determinaron condenar a Juan Felices Duque con la privación del oficio de alcalde mayor o de otro cualquier
oficio que tuviera que ver con la justicia, a destierro de la ciudad a una distancia mínima superior a las 5 leguas y 400 ducados de multa”.
Pero el fallo no iba a afectar al regidor lorquino de forma aislada. La resolución fue aplicada, además, a todos aquellos familiares que habían sido partícipes, de un modo u
otro, del desfalco cometido por Juan Felices. De este modo, Pedro Felices de Ureta o Juan Navarro de Álava tuvieron que correr la misma suerte que su pariente, y
convertirse en proscritos de su ciudad.